Creo que nunca olvidaré a un señor que vivía en una gran casa por donde ocasionalmente pasaba a pie. Era viejo y vivía solo, todas las mañanas salía a comprar su desayuno y es allí donde coincidía conmigo. Yo iba y el volvía, regresaba a su vieja gran casa que nadie limpiaba, el tampoco lo hacía, quizás porque tampoco nadie le visitaba. Para la sociedad; aquel viejo era prácticamente invisible, a nadie le importaba que alguien viviera en una casa que nunca se iluminaba de noche pues nunca había luz eléctrica o quizás todos fingían que no existía. Cuando tome algo de conciencia de lo que estaba sucediendo quizás ya era muy tarde, empecé a tomar con más frecuencia la ruta que pasaba por su casa. Me di cuenta que había en su interior una buena cantidad de sillas, era como si aquel viejo hubiera tenido visitas en el pasado o las estaba reservando para el futuro. T ambien, cada vez que me lo cruzaba lo saludaba muy atentamente, en un principio no hubo respuesta, pero luego de tres o cuatro intentos me respondía el saludo caballerosamente.
Pregunté por el señor en los alrededores y así me enteré que en sus buenos años había sido Director de un reconocido banco hoy quebrado y que su esposa había muerto hace muchos años. Una vez, algunos meses después, una mujer joven y una niña le visitaron, yo pase por allí y vi al viejo sonreír y cargar a aquella niña lo más alto que sus fuerzas le dejaban. De repente era su nieta, no lo sé, pero nunca más vi al viejo sonreír y esto le hizo mucho daño.
Pasaron muchos meses sin novedades, a mi me parece que el señor aguanto todo lo que pudo, una noche quizás lloro más fuerte y con más dolor que otras noches.
Me gusta imaginar que luego del llanto, y en aquella misma noche; ilumino su casa con velas, se dio un baño y canto y bailo mientras bebía un buen vino. Y que los estruendos de su voz ahuyentaron a la soledad. Que los amigos imaginarios que había creado asistieron todos ellos muy puntuales a su fiesta y que quizás nunca nada había sucedido.
Pero sucedió.
Adquirió otra conciencia, salió a la calle al día siguiente, se puso en medio de los coches y no los dejaba pasar, argumentaba que no quería que nadie pase por su casa nunca más. Cogía piedras y amenazaba con lanzarlas a cualquier transeúnte. ¡¡No quiero que nadie pase por mi casa ¡! ¡¡Nunca ¡!
Algo debe haber pasado luego, porque el viejo ya no está, y en su casa solo hay sillas, creo que cada día hay mas.
Esas veces que iba a pie y me di cuenta del viejo que volvía, que tenía la puerta abierta de aquella casa vacía que yo no veía.








